Sunday, June 16, 2013

Eduardo Galeano y su historia casi universal.

Traigo acá un fragmento para reflexionar. Extraído del libro de Eduardo Galeano 'Espejos. Una historia casi universal'. Un libro que vale la pena, más allá del humor negro con el que Eduardo acostumbra a contarnos la historia que se nos ha contado ya, cientos de veces, de maneras absurdas. Este libro es en sí una verdadera Biblia, que no solo osa hablar de religión, si no también de la invención, de quién se quiso hacer acreedor de la creación del mundo moderno, de nuestros mares, nuestros ríos, nuestros proverbios, nuestros mundos escondidos, no relatados. Seguramente estaré compartiendo más de éstas páginas pronto... pues tiene mucho de lo que tanto nos preguntamos muchos, desde un punto de vista que peca de certero, y aunque la certeza sea siempre relativa, ésta quizá es a lo lejos, la más cercana.

Marco Polo.

Estaba preso, en Génova, cuando dictó su libro de viajes. Sus compañeros de cárcel le creían todo. Cuando escuchaban las aventuras de Marco Polo, veintisiete años de viajes por los caminos de Oriente, todos los presos se escapaban y viajaban con él.
Tres años después, el prisionero veneciano publicó su libro. Publicó es un decir, porque la imprenta no existía en Europa. Circularon algunas copias, hechas a mano. Los pocos lectores que Marco Polo encontró no le creyeron ni una palabra.

Alucinaba el mercader: ¿así que las copas de vino se alzaban en el aire sin que nadie las tocara, y llegaban a los labios del gran Kan? ¿Así que había mercados donde un melón de Afganistán era el precio de una mujer? Los más piadosos dijeron que no estaba bien de la cabeza.
En el mar Caspio, camino del monte Ararat, este delirante había visto aceites que ardían, y había visto rocas que ardían en las montañas de China. Sonaba por lo menos ridículo eso de que los chinos tenían dinero de papel, billetes sellados por el emperador mongol, y barcos donde navegaban más de mil personas. Sólo carcajadas merecían el unicornio de Sumatra y las arenas cantoras del desierto de Gobi, y eran simplemente inverosímiles esas telas que se burlaban del fuego en los poblados que Marco Polo había encontrado más allá de Taklinakán.
Siglos después, se supo: 
los aceites que ardían eran petróleo;
las piedras que ardían, carbón; los chinos usaban papel moneda desde hacía quinientos años y sus buques,
diez veces más grandes que los buques europeos, tenían huertas que daban verduras frescas a los marineros y les evitaban el escorbuto; el unicornio era el rinoceronte;
el viento hacía sonar las cumbres de los médanos en el desierto; y eran de amianto las telas resistentes al fuego.
En tiempos de Marco Polo, Europa no conocía el petróleo, ni el carbón, ni el 
papel moneda, ni los grandes buques, ni el rinoceronte, ni las altas dunas, ni el amianto.

¿Qué no inventaron los Chinos?


Allá en la infancia, supe que China era un país que estaba al otro lado del Uruguay y se podía llegar allí si uno tenía la paciencia de cavar un pozo bien hondo. 
Después, algo aprendí de historia universal, pero la historia universal era, y sigue siendo, la historia de Europa. El resto del mundo yacía, yace, en tinieblas. China también. Poco o nada sabemos del pasado de una nación que inventó casi todo. La seda nació allí, hace cinco mil años.
Antes que nadie, los chinos descubrieron, nombraron y cultivaron el té. Fueron los primeros en extraer sal de pozos profundos y fueron los primeros en usar gas y petróleo en sus cocinas y en sus lámparas.
Crearon arados de hierro de porte liviano y máquinas sembradoras, trilladoras y cosechadoras, dos mil años antes de que los ingleses mecanizaran su agricultura.
Inventaron la brújula mil cien años antes de que los barcos europeos empezaran a usarla.
Mil años antes que los alemanes, descubrieron que los molinos de agua podían dar energía a sus hornos de hierro y de acero.
Hace mil novecientos años, inventaron el papel.
Imprimieron libros seis siglos antes que Gutenberg, y dos siglos antes que 
él usaron tipos móviles de metal en sus imprentas.
Hace mil doscientos años inventaron la pólvora, y un siglo después el cañón.
Hace novecientos años, crearon máquinas de hilar seda con bobinas movidas a pedal, que los italianos copiaron con dos siglos de atraso.
También inventaron el timón, la rueca, la acupuntura, la porcelana, el fútbol, los naipes, la linterna mágica, la pirotecnia, la cometa, el papel moneda, el reloj mecánico, el sismógrafo, la laca, la pintura fosforescente, los carretes de pescar, el puente colgante, la carretilla, el paraguas, el abanico, el estribo, la herradura, la llave, el cepillo de dientes y otras menudencias.