Monday, August 4, 2014

La época de las cruzadas.

Es un día caluroso, eso en Kuala Lumpur, ciudad capital de Malasia, no es nada extraño. Ahmed ha estado las últimas tres horas comprando bebidas energéticas, no soporta el calor, no soporta la idea de manchar con desodorante sus camisas. Sin embargo está contento, aunque desearía no estar en ese instante en el centro de la ciudad, donde converge tanta gente y tanta humedad. Desde hace 3 semanas prepara un viaje encantador, ya varias veces ha viajado allá, pero igual, siempre hay una buena oportunidad para gastar capital. La isla es Langkawi, al noreste de la península Malaya. Todo el mundo quiere ir a Langkawi, todo el mundo se quiere cruzar allá. Pero Ahmed no está del todo feliz por ir a Langkawi, y es por eso que en este instante está soportando toda esta tragedia griega... Ahmed necesita un bolso nuevo para poder viajar. Por supuesto tiene ya cantidad de bolsos nuevos, pero siempre hay que renovarse, ¿o no?. Entra en una tienda COACH para disfrutar del aire acondicionado, y sin querer, se ve atraído inmediato hacia un bolso de cuero, de importante tamaño, cierres casi invisibles y un gris mate precioso. Es el bolso. Ahmed lo toma de su lugar de exhibición y lo coloca sin cuidado en frente de la caja registradora. Quien le atiende, una adolescente China, le sonríe de par en par, toma con cuidado el bolso y lo marca en la máquina... son 3.250 Ringgits, la moneda Malaya, unos 1.080 dólares americanos aproximadamente. Ahmed está feliz, el 'bip' de la máquina identificando el código del que será su bolso "playero" le hace respirar aliviado.


Unos metros más lejos de la tienda COACH, en uno de los pasillos con bares y restaurantes más concurridos de la ciudad, está sentada Verónica, tomando un jugo de naranja en un restaurante bastante costoso. Los meseros, como buitres, la miran desde el bar con particular atención... no, no es su belleza, es que en las ultimas dos horas solo se pidió un jugo de naranja. Yo no creo que exista mayor preocupación para un mesero que el cliente que solo pide una vez... porque para eso solo hay dos escenarios; o el cliente se dio cuenta que no tiene dinero para pagar y no sabe que hacer, o peor, el cliente sabe que no tiene dinero para pagar y planea irse sin finiquitar su deber de ser un buen civil. Pero Verónica no es ninguno de estos dos casos, los Filipinos que emplea el restaurant Alemán estarán los próximos 20 minutos preocupándose más, porque Verónica no querrá nada más que su jugo de naranja. Está feliz, ha pasado los últimos dos meses de su vida haciendo el viaje que siempre había soñado. Desde Ulan Bator hasta Tokio, de Tokio hasta Nom Pen, de Nom Pen hasta Kuala Lumpur... Verónica ya vio lo que tenía que ver, presenció los atardeceres más bellos del planeta, miró las caras más bonitas, las más inocentes, reunió con arduo trabajo el capital y se embarcó en un viaje inocente sin mucho equipaje. Ahora está plena, tomando su jugo de naranja, relajando el cuerpo para la intensidad de las que serán sus últimas 3 semanas siguientes de viaje. En un par de horas más tarde tendrá que estar en el aeropuerto para viajar hasta la Malasia oriental, visitará un par de lugares y terminará definitivo su viaje en la isla de Mabul, frontera con Filipinas. Ha gastado con asombro la cantidad exacta que tenía prevista para su viaje, y piensa terminarlo con broche de oro, gastando la misma cantidad que a unos metros de ahí un hombre gastó en su bolso playero; sus últimos 1.000 dólares americanos antes de volver a casa.



De regreso en la tienda Ahmed se ha recuperado ya, y abandona satisfecho la tienda con su bolso nuevo. Cruza la puerta y prepara sus pulmones, saca su paño del bolsillo derecho y seca su frente una vez más. Camina hacia el pasillo de bares y restaurantes, no conoce otra manera de bajar al valet parking. No le gusta mirar al frente cuando está apresurado, no le gustan los asiáticos, y evita con precisión prestar atención al camino. Verónica, con sus historias, viene de frente, distraída por la arquitectura. Se detiene un momento a tomar una fotografía, busca la cámara en el celular, y al levantarlo queda fotografiada la cara de Ahmed y su pañuelo, 5 segundos antes de estrellarse contra Verónica en el centro del centro de la cuidad. El celular sale disparado hacia el piso con velocidad, se dispara la pantalla... se muere la vía de comunicación de Verónica con sus seres queridos. Ninguno de los dos ha caído al suelo, pero Verónica, quién es bastante más pequeña que Ahmed, sigue un poco aturdida por el impacto, buscando su celular... "Shit... where's my phone?!" (diablos, dónde está mi celular?) se pregunta como a ella misma, pero mirándolo a Ahmed fijamente. "I don't know" (no lo sé), contesta él sin preocuparse... y toma la decisión de irse.



Todos los que presencian el hecho al rededor les miran fijamente... todo los que pasan caminando, sin conocerse, cruzan las miradas unos con otros. Unos quieren reírse, otros tienen intención de ayudar, y todos buscan aprobación en los otros. Quieren ver a los otros reír o ayudar, para atreverse a reír o ayudar. Pero no importa, Verónica recupera su celular en partes, se desilusiona, pero camina con la frente en alto... no tiene celular, pero tiene toda una aventura por delante, y un chichón. Quizá también a Ahmed le espera una gran aventura. Quien sabe, pero así estamos, viviendo en la época de las cruzadas... todos los días cruzándonos con la desigualdad apabullante, en todos los rincones del mundo; la mirada del niño pobre pidiendo dinero que se cruza con la mirada del niño rico que estira la mano y provee un centavo; la mirada del oficial que se cruza con la golpeada mirada de la persona que protesta; la mirada de quién pide a gritos un celular con un arma que se cruza con la mirada de quién tuvo que trabajar por eso; la mirada de quién dispara el misil, que se cruza con la mirada de quién lo recibe. Y así hasta este instante, la mirada de un hombre de Arabia Saudita que compra un bolso, con la mirada de una soñadora Argentina. Vivimos así, nos miramos sin afán de conocernos, de importarnos... cada día menos amigos, y menos hermanos, y menos humanos.