Wednesday, August 20, 2014

2 años, 9 meses, 1 Malasia.

Prólogo


“Toy’ contento, yo no sé que es lo que siento,
voy saltando como el río como el viento”
—Billo Frometa.

Si mi vida fuese representada en una gráfica desde 1992 hasta hoy mostrando la actividad de la endorfina en mi cerebro, se descubrirían estos últimos meses como los más prósperos en dosis extras. No todos los seres humanos tienen la dicha de encontrarse felices en un 100%, y al parecer no sabemos por qué. Cuando somos muy niños se nos lleva a la escuela, un lugar donde se nos enseña a usar el papel para después enseñarnos a cuidar los árboles; algo en el mundo tiene cierta ironía y cinismo radical, hay tanta doble moral que se nos hace demasiado difícil reconocernos. En la vida cunde el caos, existe cierta tensión por los ayeres y cierta consternación por el mañana. ¿Y hoy?, ¿Hoy es un buen día para cierto qué?. 

En 2011, Juan José Campanella, produjo en Buenos Aires junto con Telefe, una serie unitaria que además escribió y dirigió. Dentro del universo de El hombre de tu vida habían dos personajes maravillosos; El padre Francisco, interpretado magistralmente por Luis Brandoni, y Hugo Bermúdez, interpretado por Guillermo Francella. En una de aquellas tantas grandes conversaciones que estos dos personajes sostuvieron en pantalla, hubo una particularmente resaltante: Se encuentran los dos en la iglesia, como de costumbre;

“—Desde esta mañana que tengo una sensación en el pecho padre de…” —Le dice Hugo a Francisco y se queda callado.
“—Anbustia” —dice el padre, atreviéndose a terminarle la frase. Hugo lo ve un poco desorientado, cree haber escuchado mal. El padre continúa;
“—Es angustia, pero yo le digo mal a propósito para quitarle peso viste?. A la bronca le digo ronca, al dolor olor… le falto el respeto… y ayuda.” —finaliza sonriente.

El lenguaje se des-cubre en la escena, deja verse con timidez por encima de la literalidad; La iglesia nos ofrece la historicidad, los errores pasados de los que se debe aprender. Hugo representa la consternación por el mañana, y el padre, siendo ese “hoy con cierta esperanza”, en tan cortas líneas le muestra una gran lección a su amigo; el lenguaje es la procedencia de nuestro ánimo. “Desconsuelo, aflicción, amargura, melancolía, pesadumbre, desdicha, nostalgia”; “dicha, bienestar, prosperidad, ventura, fortuna, alegría, bonanza”. Las palabras están ahí afuera, nos dan todas las posibilidades. Hay que identificarse con palabras claves, darles forma, color, asociarlas a algún olor y retenerlas en la memoria… tiene que ser algo enteramente nuestro.

En estos dos años y nueve meses, la vida me mostró perspectivas que me hicieron aprender una de las cosas más valiosas de mi vida; hay que vestirse con las palabras galopantes, hay que tatuarselas. Por alguna razón no del todo palpable, desde que llegué a este país mi glándula pituitaria e hipotálamo cambiaron su manera de administrarme la hormona de la felicidad; las comidas, la música, la risa, las ilusiones sanas, un hobby, el recuerdo de sucesos felices, el contacto físico con los otros, la vida diaria... todo afuera me da cierta felicidad, todo tiene cierta bonanza, cualquier lugar me es bueno para meditar, lo mismo me da agradecer que estoy vivo frente a un edificio que frente al mar, y eso se lo debo grandemente a con quienes he convivido. Hoy agradezco poder ver el mundo a través de mis ojos, dándome la oportunidad de confiar y reforzar mis conceptos, yo a este país le debo mucho más que una beca.

Caracas.


“Caracas libertadora, Caracas la encantadora…
te traigo con mis canciones dos corazones; mi pueblo y yo”.
—César Prato.

Santiago de León de Caracas es la capital de Venezuela, mi país de origen. Para mí ésta siempre fue una ciudad agradable, sinónimo de vacaciones, la conexión infalible hacia cualquier parte del país. No faltó una vacación en la que antes de ir a la playa (o a los Ándes), pasáramos primero algunos días en Caracas. 8 eran las horas que debía manejar mi padre desde nuestra Ciudad Bolívar, mi hermana se colocaba sus audífonos y se echaba a dormir, para mí el viaje era trascendencia, y nunca me cansé de repetirlo. En dicha movilización había una valiosa razón; visitar a mi abuela. Carmen Pilar, la madre de mi madre, fue la primera gran persona que Caracas me dejó descubrir… 20 años más tarde, Malasia me dejó descubrir algunas más, y la trascendencia nunca se acabó.

Mis primeros meses en este país fueron de malos entendidos. Yo no llegué a Malasia solo, me acompañó una caraqueña, quién de hecho me puso en contacto con la universidad (Limkokwing University) y su programa de becas. No la conocía entonces, cuando nos tocó vivir juntos. Llegamos a un país del que no sabíamos nada sin saber nada el uno del otro, y aunque ella me invitó a ser buenos amigos y a vivir esta experiencia de lo más chévere juntos, yo era otro David. 18 años tenía, traía demasiados fantasmas detrás y mi madre estaba demasiado presente todavía. Todo lo malo que ella veía, yo lo podía ver. Sucedió lo que era previsible, me mudé; un solo mes pude vivir junto a la chica con la que me había movilizado hasta Malasia, no aguanté las diferencias, sus conceptos de vida, su manera de pensar y de ser, no había comodidad. 

Año y medio después, ahora, la he conocido bastante mejor. Veo hacia atrás y entiendo mi aprensividad. Hace unos meses nos sentamos juntos a fumar un cigarrillo… hablamos largo y tendido de aquel tiempo primerizo en este país, descubrimos que habíamos hecho cosas que nos habían herido, entendimos que eso tuvo que pasar porque estábamos viviendo otros procesos, y desde entonces, desde aquel cigarro, me he encontrado con una de las personas más maravillosas que jamás conocí, además alguien con quien comparto muchas visiones que tengo de la vida.

Antes de llegar a este punto en el que recuperé una amistad que nunca había nacido del todo, viví dos años con dos otros caraqueños, que de completos extraños llegaron a ser dos de los seres más inolvidables de este tiempo en Malasia. Toda mi vida en Venezuela fui lo suficientemente conservador para reprochar cualquier cosa que pareciese demasiado diferente, en el rock veía tatuajes, cigarrillos, marihuana, música pesada... Me tocó vivir con dos genuinas representaciones de fanáticos de rock, y descubrí que el género era oposición. Fui saliendo de poco en poco con ellos, siempre precavido, siempre pendiente de no cometer el pecado de ser tan inconsciente e irresponsable como ellos. Poco a poco fui conociendo a los rockeros extremos; uno pintaba rostros de ancianos como no se los vi pintar a nadie, él siempre quiso enseñarme como conquistar a más de una mujer y no ser descubierto, pero yo estuve interesado en aprenderle otras cosas, como que su arte realmente dignificaba el ejercicio. Le conocí de cerca, conocí muchos aspectos de su vida, pero de alguna manera le entendía más cuando veía sus pinturas… y un artista en esencia es eso, aquel que no expresa demasiada verdad en quién es, si no en lo que crea. 

Mi otro housemate, más rockero que el anterior, me dio otra gran lección con aquello de las primeras impresiones y los conceptos preconcebidos. Aquel hombre era la representación de la inexpresividad, es esa persona a la que no le caes bien, pero tampoco le caes mal, te habla poco y con demasiada ironía, se burla de ti y le acompaña siempre cierto racismo. Eso es afuera. Adentro este ser humano me demostró lo que era la verdadera fragilidad, me enteré que se puede ser querido por gente que parece no querer a nadie, gente que al final es tan mal entendida y mal juzgada, pero talentosa, y con mucho sentido común. Él además me acompañó a la aventura de volver a los videojuegos… cuando era niño jugaba la Súper Nintendo y la Nintendo 64 con mi hermana, llegué a jugar mucho del PS1 y PS2 de Sony con los vecinos de la cuadra, pero hoy jugar videojuegos es otra experiencia… y encontré a alguien en un mundo de rock que les da el mismo valor que yo; desde que vivimos juntos no paramos de jugar.

De esta forma Caracas se vino hasta Malasia conmigo. En la embajada de Venezuela en Kuala Lumpur, con la que todos los becados tenemos un contacto bastante prolífico, también encontré grandes personas. Cuando era niño, la felicidad en Caracas era producto de la familia, cada que intenté hacer algún contacto externo sentía que en la ciudad vivía gente que estaba mucho más adelantada que yo… incluso los niños de mi edad eran de palabra más rápida, tenían seguridad, yo sentía que podían comerse al mundo. Pero esos niños seguramente no se fueron a Malasia, y al mundo no puede comérsele viviendo en Caracas.

La Gran Colombia.


“Un barco frágil de papel parece a veces la amistad,
pero jamás puede con él ni la mas fuerte tempestad” 
—Alberto Cortez.

La Gran Colombia fue un país de América del Sur del que duele decir que ‘fue’. Existió solo 10 años allá, hace ya casi 200. En Cyberjaya, la ciudad inteligente de Malasia, en el piso 9 de un edificio residencial, La Gran Colombia existió para mí poco menos de 4 meses, hace ya casi 3. Pasé días divinos en este hogar, un apartamento bastante pequeño en el que vivían dos Venezolanos de San Cristóbal, una Colombiana de Bogotá, y un Ecuatoriano de Cuenca. Ya sé que falta un panameño, pero no importa, si había algo que me hacía volver a esa casa todos los días era la sensación de familia. Las comidas, las charlas... estaba la niña consentida, el músico, el pensador, la dicharachera, y estaba yo, que me identificaba con todo eso. Les mostré mucho cine, conocí mucha música, les quise muchísimo más de lo que imaginé en un principio, y crecí montón.

La primera embajadora de ésta celosa (y casi exclusiva) prefectura de Cyberjaya fue la dicharachera de Bogotá. Un ser humano lleno de optimismo y mucha luz con el que los últimos vestigios de mi tristeza y desesperanza desaparecieron. Si la gente trae música, ésta sin duda se traía todo el vallenato de su país… algo que me llegó de pronto, me contagió y se apoderó de mí; me enseñó que si era posible hacer realidad el sentirse de buen ánimo más siempre que casi siempre. A eso le acompañó la música que tanto compartí con el músico de San Cristobal, con quien por primera vez en mi vida sentí que alguien apreciaba mi modesto papel en la música... a la que siempre tuve tan cerca, pero nunca aprendí. Las pláticas filosóficas con el pensador cuencano; largas conversaciones en las que siempre habían palabras como "átomos", "energías", "teorías"... siempre dándome increíbles perspectivas. Estoy seguro que en esos momentos en los que dudamos de nosotros mismos, siempre seremos un buen ancla en la vida del otro para no perder los objetivos. La niña consentida de San Cristobal era la arquitecta; con ésta mujer conversé como probablemente no conversé con nadie en este país, tantas tardes compartidas en las que solo nos dábamos tiempo para escucharnos mientras esperábamos a alguno de los muchachos. Un domingo de Abril me la llevé a Kuala Lumpur en mi moto, y caímos a 90 Km/h. Estuvimos mal, adoloridos e inválidos por un tiempo... pero lo que nunca cayó fue esa bonita amistad que creció tan rápido.

No pudo ser en otro lado que aquí ese nacimiento del sentimiento maravilloso por ser latino. Los quise más allá de amigos, estos eran mis hermanos Latinoamericanos. No compartí con nadie más como con ellos tanta música nuestra, las cosas que escuchábamos en casa eran un constante recuerdo de nuestros viejos, desde Billo’s Caracas Boys hasta Pueblo Nuevo, todo lo que cantábamos estoy seguro que nos hizo más patriotas y orgullosos de la América Latina que nunca; había una celebración constante de nuestras tierras. Cuanto bolero bailamos, cuanta salsa, cumbia, vallenato, bossa nova, samba… y hasta Chayanne, Ricky Martin o Moenia. Había mucha música en nuestra vida, y estoy seguro que eso me hizo tan feliz a mí como a ellos. Grandes amigos conocí en esta gran Colombia, grandes cosas me llevé de ellos, pero lo más valioso de entonces fue darme cuenta que vale la pena querer hasta los huesos, porque aunque aquel tiempo fue un tanto esporádico, de verdad me dio motor y energía para vivir por años. 

Arabia Saudita.
“Cuando un amigo se va, queda un espacio vacío,
que no lo puede llenar la llegada de otro amigo”
—Alberto Cortez.

Tengo un buen amigo nacido en Siria que vivió toda su vida en Arabia Saudita. Tuvo un pasado violento, lleno de drogas y peleas, su familia es estrictamente religiosa y se han decepcionado de verle tomando alcohol. Tendrá su castigo; volver a Arabia Saudita. “It’s a huge jail” (Es una cárcel gigante), me dice. No hay cines, no se ven mujeres en la calle. No quiere volver, pero no tiene de otra. Hace casi 5 años dejó su país para empezar una vida nueva lejos de excesos y malos hábitos, y lo logró. Luchó con sus problemas y ganó. Vivió de la manera más sana que pudo, agradeció, estuvo siempre enamorado de las visiones diferentes al islam, y se flechó con una venezolana. Me enseñó todo un nuevo concepto de voluntad, y de hospitalidad.

Me invitó a su casa, viví allí 2 meses, en una casa que rentaba con sus amigos. No me dejó pagar internet, electricidad ni agua, recorrí el par de lugares que me quedaba en la lista de ‘cosas por ver al rededor de Kuala Lumpur’, me topé de frente y fui protagonista de la desigualdad económica en su círculo de amistades, conocí gente muy adinerada y muy sencilla, conocí a una princesa de Jordania, tuve cenas increíbles, fines de semana muy movidos, tomé muy buenas fotografías, conocí montón de gente encantadora, tuvimos, todos los que nos quedamos en su casa (una caraqueña, una maracucha, él y yo), mucha experiencias intensas, donde incluso vivimos esos pleitos que solo se tienen con la familia. Viví casi 3 meses en ésta Arabia Saudita, la de mi amigo, la de hospitalidad, de mente abierta, de igualdad, de respeto. Le enseñé a Kevin Johansen y nos la pasábamos cantando la única canción que el podía pronunciar. Le usé su ropa, sus zapatos, su auto, el auto de su amigo, su cocina, su cuarto, su baño… y jamás recibí una mala cara o alguna insinuación. Si alguna vez viví mirando mal al otro, con cierta desconfianza… con este ser humano descubrí todo un nuevo significado de compartir y de confiar.

Países Bajos.

“Esta es nuestra fiesta, candado y cresta… nuestra fiesta”
—La Vida Boheme

Mi formación cinematográfica en Caracas fue grandiosa. Entré por allá por 2010 a ser parte de la Escuela Nacional de Cine que abrió sus puertas en Febrero de ese año. Me aventuré al cine por aquella cosa de que me encantaba actuar, pero descubrí dentro de aquellas puertas de Bolívar Films (empresa cinematográfica más importante del país) un arte maravilloso, un lenguaje con el que no me había topado pero que me moría de ganas por aprender. Gabriel Brener, Argentino, fundador de la institución, nos hizo conocer a la gente que teníamos que conocer, nos trajo grandes fotógrafos, guionistas, productores, gente que hacía un espacio en su agenda y dejaban los sets un par de horas para enseñarnos algo. Por esta misma razón, por más que se peleaba con el ministerio de educación para un posible reconocimiento a nivel nacional, esto no podía lograrse. Brener tenía que cambiar su manera de enseñar, tenía que traer “verdaderos docentes” universitarios… aquel mismo principio de la escuela y el papel.

Malasia, en contraste, fue demasiado chocante. La carrera que curso en la universidad, cine y televisión, es meramente televisión, y sí, por supuesto que te enseñan cómo escribir un guión, te enseñan a agarrar la cámara, prenderla, las cintas, todo eso… pero no te dan las herramientas para que mires más allá, no te retan, no te invitan a explotar el talento desde un punto de vista más trascendente. Se le da más importancia a la palabra ‘género’ que ‘metáfora’, es decir, importan las formas, los lineamientos, la técnica… pero sin profundidad, sin el atreverse a tocar, hablar, y explorar las cosas más dolorosas de la vida... en pocas palabras, en mi universidad, a la que le debo la dicha gigante de estar aquí, está empeñada en hacernos aprender cine y televisión, pero no un séptimo arte.

El semestre pasado (el 2do de la carrera) me tocó un profesor de los países bajos. Por aquello de que era occidental, desde el inicio del semestre estuve expectante a recibir una sorpresa de este personaje que entraba a mi vida académica. Nos mostró muchas películas viejas, lo que enriqueció mi manera de mirarlas… vi mucho cine clásico en Caracas por supuesto, y verlo de nuevo aquí después de casi 2 años sin cine me levantó de entre escombros. Pero algo faltaba, todavía sentía que este profesor debía sorprenderme de alguna otra manera, que su película favorita fuese cercana a las mías, que entendiese los planos “interminables” de mis guiones, o que me recomendara una película que cambiara mi sentido de ver el cine. Si ya sé, la “mala costumbre” de Caracas. Pero no pasó; en cambio una tarde me escribió en el Facebook y me compartió un concierto de La vida Boheme en una radio de Los Ángeles, me soltó un simple “here you go” (aquí tienes). Me lo escuché completo, y se lo hice escuchar a varios amigos no venezolanos. Hubo algo de agradecimiento a mi tierra en su gesto, y eso es lo mejor que me llevo de él. Me pasó música de Chile, de Argentina y de Colombia. Algo me dice que éste señor a mi edad disfrutó de alguna Gran Colombia en la alguna parte del mundo.

Malasia.

“Y los deseos me vieron nacer, los árboles me vieron crecer, el océano me vio navegar, las estrellas me vieron cruzar”
—La Calle 13

En Noviembre de 2011 tomé un avión de Alitalia con rumbo a Malasia. Me esperaban alrededor de 22 horas de vuelo, haciendo tránsito en Italia. Los aviones siempre fueron parte de lo que me maravillaba de la vida, aquellas gigantescas máquinas que surcaban los cielos y hacían un ruido estremecedor. Cuando era niño y mi abuela nos visitaba con frecuencia, amaba la sensación de bajar a la pista y recibirla con aquel vaporón de nuestras tierras. Me fascinaba la inmensidad de los aparatos, y desde entonces supe que sería un fanático empedernido. En la adolescencia, cuando fantaseaba con la idea de vivir en México, me moría de ganas por tomar un gran avión, de esos de 4 turbinas. Había viajado antes, en 2009, en un modesto Boeing 757 de American Airlines con destino a Boston, pero esto era otra cosa… viajé 9 horas hasta Italia, y 12 horas más de Roma a Kuala Lumpur. El otro lado del mundo, aquí se cumplía el primero de mis grandes sueños de niño, aquí yo daba un paso gigante.

Desde ese vuelo descubrí que la felicidad es algo constante cuando se invoca sin esfuerzo. La vida en Malasia modificó mi manera de pensar, de ser persona, me dio la posibilidad de dudar de aquellos conceptos que ya tenía fundados en mi memoria. Todo lo que un día imaginé se desdibujó. Fue doloroso, estuve desilusionado, me sentí fuera de lugar, vencido. Pero fue sanador. Enfrenté mis realidades ante tantas otras, me maravillé de lo que no puede maravillarse todo el mundo, pulvericé temores… vencí muchas batallas en todos los sentidos. Todas las bases que regían mi mundo cambiaron de posición, fui capaz de manipularlas como piezas de lego y colocarlas en una posición con la que me siento descansado como nunca… y hoy estoy aquí, viviendo todavía los impactos a los que nos enfrentamos aquellos que abandonamos nuestro país, extrañando las cosas que ya no volverán, deseando aquella comida tan favorita, pero me fui enriqueciendo de los impactos, es algo que puedo sentir incluso en mi manera de escribir… nunca antes había tenido líneas tan esperanzadoras y plenas, que para mi son el reflejo del ánimo galopante y la sonrisa en el alma que me ha dejado el vivir 3 años al otro lado del mundo. 

Malasia, un lugar con cierta tensión de no-democracia, con cierta tensión de racismo, con ciertos mitos hacia los extranjeros, y muchos otros mitos con el Islam, ha sido desde hace tres años una cuna de aprendizaje. He podido convivir con gente de casi todos los países del mundo, es increíble, es inexplicable, te abre la cabeza… tantas costumbres, creencias y nacionalidades juntas aquí, una fuerza de juventud y diversidad. Dónde si no aquí encontré hermanos Latinoamericanos de grandioso valor… la maravilla de poder hablar la lengua nuestra frente a un montón de Chinos, Árabes, Europeos o Indios, que siempre te dirán “I wanna learn spanish so much…” (Me muero por aprender español), “It’s so sexy” (Es tan sexy), y te bromean con un “gracias senior” mal pronunciado. En Malasia llegué a entenderme como latinoamericano, me reconocí en mi manera de ser y de pensar, entendí nuestra historia, valoré tradiciones.

Malasia, son casi 3 años. No sé ni siquiera como concluir todo lo escrito… y ¿Cómo?, he vivido de todo en mis días malayos, entré a iglesias, mezquitas y cantidad de templos budistas e hinduistas. Me topé con los cinco continentes en un mismo lugar… canté, bailé, debatí, discutí o abracé a gente de Alemania, Lithuania, Botswana, Namibia, México, Colombia, Argentina, Ecuador, Uruguay, Corea del Sur, Bhután, Nepal, Filipinas, Indonesia, Tailandia, Arabia Saudita, Jordania… ¡Tantas diferentes miradas del mundo! …me encontré a tanto Backpacker con una historia maravillosa... me senté a comer con gente que hablaba en Árabe, Chino, Tamil, Bahasa, Inglés, Tagalo, Siamés, Hangul… aprendí expresiones y palabras de varias partes del mundo que hice muy mías. Me descubrí de nuevo como ser humano frente a tantos rostros y lenguas… entendí el sentido de la colectividad. Amo el hecho de haber salido al mundo, y amo el hecho de que ese mundo haya empezado aquí, Malasia… truly Asia.

Desde acá, unas gracias extensas a todos los seres humanos que directa o indirectamente propiciaron mi estadía en éste país.


Terima Kasih.
Thank you.
Gracias... miles de gracias.