Wednesday, March 30, 2016

Madre.

Madre, te pensaba esta tarde cuando conducía mi motocicleta. A veces, cuando se es hijo, y se va creciendo, uno desarrolla una especie de ciclo en el que recuerda exactas memorias en el tiempo y las evalúa y entiende con una curiosa fuerza de presente. Que maravilla, la mente. Entonces a veces recuerdo, te recuerdo a ti, y me pregunto con pincelada de sorpresa ¿Quién eras tú?, mientras yo estaba distraído en el televisor cuando limpiabas fuera. ¿Quien eras tú?, mientras yo jugaba en el computador y tus manos creaban arte en la cocina. A veces recuerdo que curioso me acercaba cuando cocinabas. No había una pregunta que no me respondieras, no importaba tu concentración en el sabor, tenias para mi una palabra. Tenias para mi tu planificación, contándome que hiciste, que estás haciendo y que harás a continuación. Tu vocalización al final de la sesión para llamarnos a todos a comer, tus tonos, claros en mi mente están. “¡Franklyn ven a comer!” no suena igual a “David ven a comer pues, anda. Está rico.” y eso no suena remotamente cercano a “Jesús David ven a comer, no te lo vuelvo a repetir”. Te pienso en la distancia madre, no solo física, pero espiritual, esa que me hace verte desde otra galaxia. Y te veo, entre el polvo estelar, por segundos, entre memoria y memoria que tengo de ti. Una guerrera total… cada cuadro por segundo veo alguien que se comprometió con su vida como no le sentí compromiso a nadie mas. Curioso de niño pensaba, al verte leer aquellos extensos documentos con palabras como ‘epistemología’, “¿Como puede leer tanto?”.

Leer no era una herramienta ficticia o impalpable, leer te había dado, madre mía, un poder absoluto sobre la palabra. Para hablar de alma o de academia, tu palabra surtía cualquier espacio vacío en el entendimiento. Quien se maneja en esos bravos terrenos, puede, y casi que debe, enseñar a otros. Y fue por eso que lograste tal estabilidad en tu mundo académico. Ese mundo académico que vistió mi imaginación por las tardes. Un mundo que me regalo soledad, en tardes enteras para mi, para imaginarte a unos metros de allí dando alguna clase. Nunca te lo dije, pero que me llevaras a veces a aquel instituto de estudios en el que trabajabas, cerca del terminal de autobuses, o de pronto a aquella casa de doce ventanas, me daba tranquilidad total. De entre tus responsabilidades me dabas tiempo para vivir, vivir algo distinto fuera de casa o del colegio, me dabas un espacio en donde yo apreciaba tu confianza en mí. Además que, ciertamente aquel lugar, la casa de las doce ventanas, tiene impresa la esencia independentista en todas sus paredes, en el piso renacentista, en la madera gastada. Tú, madre mía, me vestías de independencia.

En tu compromiso con la limpieza necesitabas de mí solo si algo pesaba más de 10 Kilos y necesitabas rodarlo. Recuerdo, ya sin pena, que a veces te mostrabas molesta por mi falta de colaboración. Pero no puedes negar, que tu lado nunca dejaba. Y no me quedaba por sentirme mal, me quedaba porque frente a mi existía alguien que yo admiraba. No necesitabas a nadie. No necesitabas mucho. Dos bolsas plásticas cubrían tus manos y sin repudio alguno juntabas toda basura con tus brazos. Ahí si ayudaba yo, abriendo la bolsa donde depositarias la mencionada basura, con incluso, destellos proteicos del intestino de la mascota de casa. Tuve que salir al mundo para darme cuenta que eres una verdadera obrera. Una obrera académica. Una erudita mecánica. Matemática. Logística.

Ciertamente nunca nada me obligaste. Pero al igual que mi padre, todo lo que eran ustedes se me presentaba sin censura. Los hijos tendríamos que sentarnos a mirarlos, a ver en los padres talento, compromiso, y de esa forma, surtirse de esperanza por el mundo, por la sapiencia, por el avance colectivo de mano de sinfín de ideas. A ti, tanto como a mi padre, les admiré ver lo que eran fuera de ser padres… no importaba que pequeño para entonces era yo, ustedes median mil metros, y me alzaban a las nubes para ver más ampliamente.

Madre hoy te recuerdo, te recuerdo y te escribo porque creo que mereces de mí un millón de palabras. Hoy no puedo regalarte un millón, el cerebro trabaja más humanamente, pero quiero desearte lo mejor en esto que se viene. Mira que de cosas la vida, a este nivel, te regala una esperanza más, otro trampolín. Te está invitando la vida, ahora, a pasar y sentarte a tomar una copa de vino tinto. Se nos murió el país madre, se nos murió el país y lo vimos morir juntos. Un país que dejo de ver a aquellos que sostenían tan explotado mundo. Un país que dejo de ser digno para aquellos que le surten dignidad al país. Pero ya estamos aquí, y otra pagina se abrirá. Que se devalúe el Bolivar lo que le de la gana, tú cada día te revalorizas más. Tanto que hasta las tierras Incas te llamaron.

Te amo con todo mi corazón.
Tu hijo David, tu hijo que hoy se siente mas tu hijo que nunca.